Declaración de principios y algunos elementos de programa

Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista)

1. La revolución socialista mundial y la Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista)

La Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista) es una tendencia internacionalista, revolucionaria y proletaria, comprometida con la tarea de construir partidos leninistas como secciones nacionales de una internacional centralista-democrática cuyo propósito es dirigir a la clase obrera a la victoria mediante revoluciones socialistas a través del mundo.

Sólo el proletariado, mediante la toma del poder político y la destrucción del capitalismo como sistema mundial, puede sentar las bases para la eliminación de la explotación y la resolución de la contradicción entre el crecimiento de las fuerzas productivas de la economía mundial y las barreras de los estados nacionales. Hace ya mucho tiempo que el capitalismo ha dejado atrás su papel histórico progresivo de crear una economía industrial moderna. Para mantener su dominio, las clases capitalistas nacionales deben explotar las divisiones nacionales, étnicas y raciales, que se han intensificado desde la destrucción de la Unión Soviética. Los bloques rivales y las potencias imperialistas cada vez más hostiles entre sí, deben oprimir a los pueblos del antiguo mundo colonial y a los que aún se encuentran bajo el yugo del peonaje colonial, empobrecer a las masas del mundo, emprender guerras continuas por el mantenimiento y redivisión de los mercados mundiales para sostener la tasa de ganancia en declive, e intentar aplastar la lucha revolucionaria de los obreros, dondequiera que estalle. En su último esfuerzo frenético por mantener su dominio de clase, la burguesía no vacilará en hundir a la humanidad en un holocausto nuclear o en una opresión dictatorial de ferocidad sin precedente.

Por otra parte, la victoria del proletariado a escala mundial pondría una abundancia material inimaginable al servicio de las necesidades humanas, sentaría las bases para la eliminación de las clases sociales y la erradicación de la desigualdad social basada en el sexo, y la abolición misma del significado social de la raza, nacionalidad o etnia. Por primera vez, la humanidad tomará las riendas de la historia y controlará su propia creación, la sociedad, llevando a una emancipación jamás imaginada del potencial humano, y a una ola monumental de avance de la civilización. Sólo entonces será posible realizar el desarrollo libre de cada individuo como la condición para el desarrollo libre de todos. Como dijo Isaac Deutscher en su discurso “Sobre el hombre socialista” (1966):

“Nosotros no sostenemos que el socialismo va a remediar todas las aflicciones de la raza humana. Estamos luchando, en primera instancia, con las aflicciones que son hechura del hombre y que el hombre puede remediar. Permítanme ustedes recordar que Trotsky, por ejemplo, habla de tres tragedias básicas —el hambre, el sexo y la muerte— que acosan al hombre. El hambre es el enemigo al que el marxismo y el movimiento obrero moderno han presentado batalla.... Sí, el hombre socialista seguirá perseguido por el sexo y la muerte; pero estamos convencidos de que estará mejor equipado que nosotros para enfrentarse a los dos.”

2. La crisis de la dirección del proletariado

El éxito o fracaso de la clase obrera para lograr la victoria depende de la organización y conciencia de las masas en lucha; es decir, de la dirección revolucionaria. El partido revolucionario es el arma indispensable de los trabajadores para su victoria.

La clase dominante tiene bajo su mando el monopolio de los medios de violencia, su aparato burocrático y político dominante, su enorme riqueza y conexiones, y su control de la educación, los medios masivos de comunicación y todas las otras instituciones de la sociedad capitalista. Contra semejante fuerza, un estado obrero sólo puede ser forjado por un proletariado plenamente consciente de sus tareas, organizado para llevarlas a cabo y determinado a defender sus conquistas contra la violencia contrarrevolucionaria de la clase dominante.

Mediante la adquisición de conciencia política, la clase obrera deja de ser una mera clase en sí para convertirse en una clase para sí, consciente de su tarea histórica de tomar el poder estatal y reorganizar la sociedad. Esta conciencia no se genera espontáneamente en el curso de las luchas de clases cotidianas de los obreros; debe ser llevada a estos por el partido revolucionario. Por eso, la tarea del partido revolucionario es la de forjar al proletariado para convertirlo en una fuerza política suficiente al infundirle la conciencia de su verdadera situación, educarlo en las lecciones históricas de la lucha de clases, templarlo en luchas cada vez más profundas, destruyendo sus ilusiones, fortaleciendo su voluntad revolucionaria y confianza en sí mismo, y organizando el derrocamiento de todas las fuerzas que se interpongan a la conquista del poder. Una clase obrera consciente es la fuerza decisiva de la historia.

En la época imperialista se subraya la naturaleza indispensable de la tarea de forjar un partido de vanguardia y pulir su filo revolucionario preparándose para las inevitables crisis revolucionarias. Como apuntó Trotsky en La Internacional Comunista después de Lenin (1928):

“El carácter revolucionario de la época no consiste en permitir a cada instante hacer la revolución, es decir, tomar el poder. Este carácter revolucionario está asegurado por profundas y bruscas oscilaciones, por cambios frecuentes y brutales...de una situación francamente revolucionaria.... Es únicamente de este carácter de donde se deduce la plena significación de la estrategia revolucionaria por oposición a la táctica. Es de ahí igualmente de donde proviene el nuevo sentido del partido y de su dirección.... En la actualidad, cada nueva variación brusca de la situación política hacia la izquierda pone la decisión en las manos del partido revolucionario. Si éste deja pasar el momento crítico en el que la situación cambia, ésta se transforma en su contraria. En circunstancias tales, el papel de la dirección del partido cobra una importancia excepcional. Las palabras de Lenin según las cuales dos o tres días pueden decidir la suerte de la revolución internacional, no podían ser comprendidas en los tiempos de la II Internacional. En nuestra época, por el contrario, no han tenido sino demasiadas confirmaciones negativas, con la excepción de Octubre.”

3. Somos el partido de la Revolución Rusa

La Revolución Rusa de octubre de 1917 sacó a la doctrina marxista de la revolución proletaria del reino de la teoría y la hizo realidad, creando una sociedad donde aquéllos que trabajaban gobernaban a través de la dictadura del proletariado. Esta revolución proletaria dirigida por el Partido Bolchevique en Rusia no fue solamente hecha para Rusia. Para los marxistas revolucionarios, la Revolución Rusa fue vista como la señal de arranque de la lucha necesariamente internacional de la clase obrera contra el dominio del capital mundial. Los bolcheviques de Lenin rompieron la cadena capitalista por el eslabón más débil, bajo el entendimiento de que a menos que la revolución proletaria fuera extendida a las principales potencias capitalistas, de manera más inmediata a Alemania, una dictadura del proletariado aislada en Rusia no podría sobrevivir mucho tiempo.

Las oportunidades fueron múltiples, pero los nuevos partidos revolucionarios fuera de Rusia eran demasiado nuevos, esto es, demasiado débiles y políticamente inmaduros para aprovecharlas. En Europa, especialmente en Alemania, la socialdemocracia sirvió a sus amos burgueses, ayudando a restablecer su orden y sumándose a ellos en su hostilidad a la Revolución de Octubre. En otras partes, en las regiones y naciones menos desarrolladas, el nacionalismo fue la principal fuerza y el principal obstáculo ideológico contra el bolchevismo.

La presión del cerco imperialista, la devastación de la clase obrera rusa en la Guerra Civil y el prolongado aislamiento de la Revolución Rusa hicieron posible que una capa burocrática dirigida por Stalin usurpara el poder político en una contrarrevolución política en 1923-24, en lo que Trotsky llamó el “Termidor soviético”. Aunque descansaba sobre las formas de propiedad proletarias del estado obrero degenerado soviético y derivando de éstas sus privilegios, la burocracia estalinista no estaba irrevocablemente comprometida a defenderlo. La “teoría” del “socialismo en un solo país”, que expresaba los intereses nacionalmente limitados de la burocracia del Kremlin, convirtió a la Internacional Comunista de un instrumento para la revolución mundial a un nuevo obstáculo.

El “socialismo en un solo país” de Stalin fue un rechazo de los principios fundamentales del marxismo. El Manifiesto del Partido Comunista (1848) termina con la frase “¡Proletarios de todos los países, uníos!” Las revoluciones de 1848 señalaron el principio de la era moderna; la burguesía hizo causa común con la reacción frente a un proletariado ya percibido como una amenaza al dominio capitalista. Como escribió Engels en sus “Principios del comunismo” (1847):

“XIX. ¿Es posible esta revolución en un solo país?

“No. La gran industria, al crear el mercado mundial, ha unido ya tan estrechamente todos los pueblos del globo terrestre, sobre todo los pueblos civilizados, que cada uno depende de lo que ocurre en la tierra del otro. Además, ha nivelado en todos los países civilizados el desarrollo social a tal punto que en todos estos países la burguesía y el proletariado se han erigido en las dos clases decisivas de la sociedad, y la lucha entre ellas se ha convertido en la principal lucha de nuestros días. Por consecuencia, la revolución comunista no será una revolución puramente nacional.... Es una revolución universal y tendrá, por eso, un ámbito universal.”

En oposición al oportunismo nacionalista de Stalin, la Oposición de Izquierda de Trotsky fue fundada sobre el programa del marxismo auténtico que impulsó a la Revolución Bolchevique. La Oposición de Izquierda luchó por mantener y extender las conquistas de la Revolución Rusa que había sido traicionada pero todavía no derrocada. En su mordaz análisis de la degeneración de la Revolución Rusa, la naturaleza dual de la burocracia estalinista, y las explosivas contradicciones de la sociedad soviética (La revolución traicionada, 1936) Trotsky planteó la alternativa cabalmente: “¿Devorará el burócrata al Estado obrero, o la clase obrera lo limpiará de burócratas?” La advertencia profética de Trotsky fue comprobada, amargamente, de manera negativa.

La doctrina antiinternacionalista del “socialismo en un solo país” resultó en bandazos desastrosos, desde aventuras ultraizquierdistas hasta la colaboración de clases. Trotsky caracterizó a Stalin como el “sepulturero” de las luchas revolucionarias en el extranjero, desde la Segunda Revolución China en 1925-27 y la Huelga General británica de 1926, hasta Alemania, donde el PC, así como los socialdemócratas, permitieron que Hitler llegara al poder sin disparar un solo tiro. En el contexto de la traición alemana y la subsecuente codificación por la Comintern de la línea explícitamente antirrevolucionaria de construir frentes populares —que encontraron su máxima expresión en el criminal estrangulamiento de la Revolución Española por los estalinistas— los trotskistas organizaron la IV Internacional que fue fundada en 1938.

La economía planificada de la Unión Soviética (y los estados obreros burocráticamente deformados que surgieron después en otros lados bajo el modelo estalinista) probó su superioridad sobre la anarquía capitalista en el período de rápido desarrollo. Pero la presión implacable del continuo cerco económico por el modo de producción capitalista —todavía dominante a nivel mundial— a través del mercado mundial era inexorable sin la extensión internacional de la revolución. Trotsky escribió en La revolución traicionada:

“El problema planteado por Lenin, ¿quién triunfará?’, es el de la relación de las fuerzas entre la URSS y el proletariado revolucionario del mundo, por una parte, y las fuerzas interiores hostiles y el capitalismo mundial por la otra.... La intervención armada es peligrosa. La introducción de mercancías a bajo precio, viniendo tras los ejércitos capitalistas, sería infinitamente más peligrosa.”

La debilidad organizativa, ausencia de raíces profundas en el proletariado, incapacidad teórica y desorientación de la IV Internacional después de la Segunda Guerra Mundial, contribuyeron en gran medida a la ruptura política en la continuidad con el programa de la IV Internacional de Trotsky. La anterior aniquilación de cuadros trotskistas a través de Europa a manos de la represión fascista y estalinista —y las masacres de trotskistas en Vietnam y el encarcelamiento de trotskistas en China, países donde la Oposición de Izquierda había encontrado bases de apoyo significativas— despojó al movimiento de los cuadros experimentados en un momento crucial.

La expansión del dominio estalinista en Europa Oriental después de la guerra impuso un nuevo reto programático al movimiento trotskista para el que la “ortodoxia” formal era una defensa insuficiente. Después de una ininterrumpida serie de derrotas y traiciones —desde China (1927) y Alemania (1933) hasta la Guerra Civil Española— y de las purgas asesinas de Stalin, la existencia de la Unión Soviética había sido puesta en grave peligro. El Ejército Rojo derrotó a Hitler pese a Stalin quien, después de decapitar al ejército soviético mediante sus purgas sangrientas en vísperas de la Segunda Guerra Mundial, saboteó aún más la defensa militar de la Unión Soviética gracias a su fe, primero en Hitler, y después en los aliados “democráticos”.

Sin embargo, la victoria del Ejército Rojo sobre el fascismo aumentó notablemente la autoridad de la burocráticamente degenerada Unión Soviética, una eventualidad no prevista por Trotsky. Los estalinistas de Europa Occidental surgieron, después de la Segunda Guerra Mundial, a la cabeza de las organizaciones masivas de los obreros combativos de Italia, Francia y otros lugares. Mientras tanto, en la Europa Oriental ocupada por la Unión Soviética, se expropiaron las propiedades capitalistas y se estableció una economía colectivizada mediante una revolución social controlada burocráticamente, produciendo estados obreros deformados, según el modelo de la URSS bajo dominio estalinista.

Condicionadas en parte por la Guerra de Vietnam y los disturbios internos que sacudían a los EE.UU., especialmente la lucha por la liberación negra, al final de los 60 y principios de los 70 se dio una serie de situaciones prerrevolucionarias y revolucionarias en Europa: Francia en 1968, Italia en 1969, Portugal en 1974-75. Estas representaron las mejores oportunidades para la revolución proletaria en los países capitalistas avanzados desde el período inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial. Fueron los partidos comunistas pro Moscú los que otra vez se las arreglaron para mantener el debilitado orden burgués en esta región. En estas oportunidades el papel contrarrevolucionario de los partidos estalinistas occidentales contribuyó inmensurablemente a la subsecuente destrucción de la Unión Soviética. El restablecimiento del orden burgués en los estados imperialistas occidentales a mitad de los 70 fue seguido inmediatamente por una nueva ofensiva de Guerra Fría contra el bloque soviético.

La burocracia estalinista soviética —en ausencia del proletariado como contendiente por el poder— tenía que orientarse tarde o temprano al “socialismo de mercado”, el que, junto al intento de conciliación del imperialismo de EE.UU. en Afganistán y su servicio como corredores de la restauración capitalista por toda Europa Oriental, abrió de par en par las compuertas para la contrarrevolución capitalista en la antigua Unión Soviética en 1991-92. El proletariado, carente de dirección, no resistió, definiéndose así la destrucción del estado obrero.

La “Revolución Iraní” de 1979 inició un período de ascendencia política del Islam en la región históricamente musulmana, suceso que contribuyó a la destrucción contrarrevolucionaria de la Unión Soviética y fue fuertemente reforzado por la misma. La toma del poder por Jomeini en Irán y su consolidación fue una derrota semejante al aplastamiento del proletariado alemán a manos de Hitler en 1933, aunque en una estrecha escala regional. La consigna de la tendencia espartaquista internacional, “¡Abajo el Shá! ¡Ningún apoyo a los mulahs!” y nuestra especial atención a la cuestión de la mujer (“¡No al velo!”) estuvieron en marcada oposición a la capitulación del resto de la izquierda ante la reacción dirigida por los mulahs.

El mantenimiento del poder proletario depende principalmente de la organización y conciencia políticas de la clase obrera. Después de la liquidación física del ala revolucionaria de los bolcheviques por Stalin, toda la continuidad con las tradiciones de la Revolución de Octubre fue borrada sistemáticamente de la memoria de la clase obrera. La Segunda Guerra Mundial vino a sustituir a la Revolución de Octubre como el evento trascendental de la historia soviética en la conciencia de las masas soviéticas, abrumadas por la propaganda nacionalista rusa producida en masa por Stalin. Al final, Stalin y sus herederos tuvieron éxito en estampar su perspectiva nacionalista en los pueblos soviéticos; el internacionalismo proletario terminó siendo despreciado como una oscura “herejía trotskista” para “exportar la revolución” o cínicamente vaciado de contenido.

Dispersa y despojada de toda dirección anticapitalista, carente de toda conciencia de clase socialista coherente y consecuente, y escéptica sobre la posibilidad de la lucha de clases en los países capitalistas, la clase obrera soviética no movilizó su resistencia contra la creciente contrarrevolución capitalista. Y, como notó Trotsky en La Internacional Comunista después de Lenin: “Si un ejército en situación crítica capitula ante el enemigo sin combatir, este hundimiento reemplaza perfectamente a una ‘batalla decisiva’, tanto en política como en la guerra.”

Los documentos de Joseph Seymour, “Sobre el colapso del dominio estalinista en Europa Oriental”, y de Albert St. John, “Por la claridad marxista y una perspectiva para el avance”, que aparecen en Spartacist núm. 24, marzo de 1992, y el folleto espartaquista, How the Soviet Workers State Was Strangled (Cómo fue estrangulado el estado obrero soviético) publicado en inglés en agosto de 1993 [parte del cual fue publicado en español en Espartaco núm. 4, primavera de 1993], proveen un análisis de la crisis terminal del estalinismo. Como fue apuntado en el documento de Seymour:

“En el transcurso de su larga lucha contra la burocracia estalinista, Trotsky consideró varias vías diferentes por las cuales el capitalismo podría ser restaurado en la Unión Soviética.... Trotsky usó la frase ‘proyectar de atrás hacia adelante la película del reformismo’ para polemizar contra aquellos supuestos izquierdistas que mantenían que el régimen de Stalin ya había transformado a la URSS en un estado burgués mediante un proceso orgánico y gradual —bernsteinismo en reversa.... El juicio de Trotsky de que una contrarrevolución capitalista, así como la revolución política proletaria, en la Rusia de Stalin desencadenaría una guerra civil fue un pronóstico, no un dogma. Asumía como base la resistencia de la clase obrera, no la resistencia de elementos conservadores en el aparato burocrático. Así es como se plantea la cuestión en La revolución traicionada.... El elemento decisivo es la conciencia de la clase obrera soviética, que no es estática sino afectada por innumerables factores cambiantes dentro y fuera de la URSS.”

Como observó St. John:

“A diferencia de la anarquía económica burguesa la economía socialista planificada no se construye automática sino conscientemente. Por lo tanto, escribe [Trotsky], ‘el avance hacia el socialismo es inseparable del poder estatal que desea el socialismo o se ve obligado a desearlo.’ Concluyendo que sin la intervención de la vanguardia proletaria consciente, el colapso del régimen político estalinista conduciría inevitablemente a la liquidación de la economía planificada y la restauración de la propiedad privada.”

La “cuestión rusa” ha sido la cuestión política definitoria del siglo XX y la piedra de toque para los revolucionarios. Nosotros los trotskistas nos mantuvimos en nuestros puestos y peleamos para mantener y extender las conquistas revolucionarias de la clase obrera, mientras todas las otras tendencias del planeta capitulaban a la presión ideológica del anticomunismo imperialista. Sobre todo, nuestra defensa de la URSS se expresó en nuestra lucha por nuevas revoluciones de Octubre alrededor del mundo.

La responsabilidad de la destrucción contrarrevolucionaria de la Unión Soviética recae también en todo tipo de reformistas y centristas que se alinearon detrás de sus propios dirigentes capitalistas contra la URSS, incluyendo su apoyo a todo movimiento reaccionario desde la polaca Solidarnosc hasta los carniceros fundamentalistas islámicos en Afganistán. Las consecuencias devastadoras mundiales de la contrarrevolución soviética destruyen también al nivel teórico a aquellas teorías antimarxistas de que la burocracia estalinista era “capitalista de estado”; de acuerdo a las cuales, la contrarrevolución soviética habría sido un mero cambio de una forma de capitalismo a otra.

La ascendencia de Boris Yeltsin y las fuerzas de la restauración capitalista en agosto de 1991 fue un evento crucial en determinar el destino de la Unión Soviética, pero la ruina final de la Revolución de Octubre no era un resultado inevitable. Los espartaquistas distribuimos a través de la Unión Soviética más de 100 mil copias en ruso de nuestro artículo de agosto de 1991; “Obreros soviéticos: ¡Derrotar la contrarrevolución de Yeltsin y Bush!” donde escribimos que unas movilizaciones obreras debieron haber limpiado la escoria contrarrevolucionaria en las barricadas de Yeltsin, abriendo así el camino a una revolución política proletaria. Llamamos por una revolución política para derrotar la restauración capitalista y regresar el poder político al proletariado soviético. Sólo aquéllos que estaban bajo la influencia de la ideología capitalista o sus gratificaciones materiales se apresuraron a dar por perdida a la Unión Soviética en ese momento. La ausencia de resistencia de una clase obrera que había sido traicionada y dispersada durante décadas de mal gobierno y feroz represión estalinistas, fue el factor decisivo en la destrucción del estado obrero soviético.

Nuestra defensa de la URSS no estaba limitada a nuestro programa para la URSS: la defensa militar incondicional contra el imperialismo y la contrarrevolución interna; por la revolución política proletaria para echar a la burocracia y volver la URSS al camino de Lenin y Trotsky. También se expresó en nuestra defensa militar incondicional de la Revolución Vietnamita; en nuestra oposición a la campaña de Solidarnosc, financiada por Wall Street y el Vaticano, para derribar al estado obrero deformado polaco; en nuestro llamado “¡Viva Ejército Rojo en Afganistán! ¡Extender las conquistas sociales de la Revolución de Octubre a los pueblos afganos!”; en nuestra intervención activa por la reunificación revolucionaria de Alemania.

La historia dicta sus veredictos estrepitosamente. La ascendencia de la contrarrevolución en la ex URSS es una derrota sin paralelo para los trabajadores de todo el mundo que alteró decisivamente el panorama político de este planeta. Ya sin la rivalidad del poderío militar soviético, el imperialismo estadounidense ha proclamado un “mundo de una superpotencia”, pisoteando a pueblos semicoloniales desde el Golfo Pérsico hasta Haití. No siendo ya la fuente de poderío económico sin par del imperialismo mundial, los Estados Unidos mantienen todavía la ventaja brutal de su poderío militar, aunque a veces prefieran camuflar su terror bajo la hoja de parra “humanitaria” de la “guarida de ladrones” de las Naciones Unidas (descripción de Lenin de la predecesora de la ONU, la Liga de las Naciones). Pero los imperialismos rivales, especialmente Alemania y Japón, ya sin estar restringidos por la unidad antisoviética, están siguiendo con premura sus propios apetitos para controlar los mercados mundiales y proyectando concomitantemente su poder militar. En los conflictos entre bloques comerciales regionales rivales se agudizan los perfiles de futuras guerras. Frente al crecimiento de las rivalidades interimperialistas, reafirmamos: “¡El enemigo principal está en el propio país!”

Mirando retrospectivamente al período previo a la Primera Guerra Mundial, el actual “mundo post Guerra Fría” presenta muchos paralelos. Y con la cuestión de un nuevo conflicto interimperialista sobre la mesa, podemos esperar que los reformistas y centristas de hoy actúen de acuerdo con el espíritu de sus predecesores socialdemócratas del 4 de agosto de 1914, apoyando a sus propios gobernantes en tiempos de guerra. Su apoyo a la contrarrevolución en la URSS estuvo plenamente de acuerdo con este espíritu.

Junto a la pauperización de las masas en la URSS, el fratricidio de “limpieza étnica” se desencadena a través de los débiles estados capitalistas nuevos de Europa Oriental y las ex repúblicas soviéticas en las que la ideología nacionalista sustituyó al inexistente capital como fuerza motriz de la contrarrevolución. En la secuela de la contrarrevolución, la ideología nacionalista —que con frecuencia es el resurgimiento de antagonismos nacionales de antes de la Segunda Guerra Mundial presentes en los estados capitalistas de esta región— se convierte de nuevo en el principal obstáculo a través del cual los revolucionarios debemos irrumpir.

En Europa Occidental, la red de seguridad de medidas de asistencia social es recortada salvajemente por las burguesías que ya no ven ninguna necesidad de conjurar el “fantasma del comunismo” mediante la satisfacción de las necesidades. Aunque el clima ideológico de la “muerte del comunismo” afecta la conciencia del proletariado, una tajante lucha de clases en muchos países del mundo provee las bases objetivas para la regeneración del marxismo como la teoría del socialismo científico y la revolución proletaria. No es el comunismo, sino su parodia, el estalinismo, el que ha demostrado ser un callejón sin salida.

La contrarrevolución victoriosa no sólo ha devastado material e ideológicamente a los proletariados exsoviético y de Europa Oriental; en toda una serie de países (ej., Italia, Francia) donde los partidos comunistas comandaban la lealtad de capas avanzadas de la clase obrera, el proletariado se creyó la mentira de que “el socialismo ha fracasado”, promovida por las burocracias estalinistas dominantes que gobernaban estos estados obreros deformados y que presidieron sobre su destrucción. El Kremlin, apoyado por los estalinistas de Alemania Oriental, dirigió la contrarrevolución en la RDA, apresurándose a entregar el país al IV Reich. La burocracia del Kremlin bajo Gorbachov llevó a cabo su traición final terminal, declarando que el socialismo había sido un experimento utópico, condenado de antemano, y proclamando la superioridad del sistema de mercado capitalista. El PCUS en desintegración engendró pandillas abiertamente contrarrevolucionarias, dirigidas por Boris Yeltsin, quien actuó como el agente declarado del imperialismo estadounidense en la restauración del capitalismo. Por lo tanto, las castas estalinistas dominantes y sus correligionarios en el Occidente tienen la responsabilidad directa por la destrucción de las aspiraciones socialistas de las capas proletarias avanzadas en Europa Occidental y otros lugares.

La afirmación de Trotsky en el Programa de Transición de 1938 de que “El rasgo fundamental de la situación política mundial en su conjunto es la crisis histórica de la dirección proletaria”, antedata el profundo retroceso actual de la conciencia proletaria. La realidad de este período postsoviético agrega una nueva dimensión a la observación de Trotsky. La única manera de superar este retroceso y de que la clase obrera se pueda transformar en una clase para sí; es decir, en lucha por la revolución socialista, es reforjar un partido leninista-trotskista internacional como la dirección de la clase obrera. El marxismo debe ganarse de nuevo la lealtad del proletariado.

En China, la ideología nacionalista extrema propulsada por la burocracia estalinista dominante, es un puente directo a la restauración capitalista. La esencia de la contrarrevolución de las “reformas de mercado” en China es el esfuerzo de la burocracia por convertirse en socia —en la explotación— de fuerzas capitalistas, y especialmente de los capitalistas chinos que no fueron destruidos como clase (como lo fueran sus contrapartes rusos después de Octubre de 1917), sino que siguieron funcionando en Taiwán, Hong Kong, Singapur y otras partes. China ha construido “zonas económicas especiales” como islas de explotación imperialista y mantiene intocable la economía capitalista del reintegrado Hong Kong, al tiempo que el ejército y la burocracia están generalmente involucrados en negocios a gran escala. Ahora, la burocracia, sectores de la cual buscan convertirse en los nuevos explotadores capitalistas, se orienta a la destrucción total de la industria estatal, planteando así el desmantelamiento de lo que queda de la economía planificada del estado obrero deformado.

Este rumbo no puede consumarse sin romper la resistencia de la combativa clase obrera. La burocracia estalinista en el poder demostró en 1989 en la plaza de Tiananmen —una incipiente revolución política— tanto su miedo al proletariado como su intención de recurrir a la fuerza bruta sin los adornos del “glasnost” (la “apertura” política del líder soviético Gorbachov). Las alternativas para China son: revolución política proletaria o contrarrevolución capitalista. El factor decisivo es la dirección revolucionaria para reintroducir la conciencia de clase internacionalista que impulsaba a los primeros comunistas chinos de principios de la década de los años 20. La batalla por la revolución política obrera en China tiene un enorme interés para los obreros internacionalmente. El resultado tendrá un enorme impacto en los estados obreros deformados todavía existentes (Cuba, Vietnam, Corea del Norte) y también en países asiáticos como Indonesia, Corea del Sur, Tailandia, Malasia y las Filipinas, donde ha surgido un joven proletariado combativo como factor poderoso.

4. Raíces teóricas e históricas de la Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista)

Como dijo Trotsky en su artículo de 1937 “Estalinismo y bolchevismo”: “Las épocas reaccionarias como la que estamos viviendo no sólo desintegran y debilitan a la clase obrera y su vanguardia, sino que también rebajan el nivel ideológico general del movimiento y retrotraen el pensamiento político a etapas ya ampliamente superadas. En estas circunstancias, la tarea más importante de la vanguardia es no dejarse arrastrar por el reflujo regresivo, sino nadar contra la corriente.” En este período postsoviético, en el que el marxismo es amplia y erróneamente identificado con el estalinismo, hay un resurgimiento de todo, desde simpatías por el anarquismo hasta el idealismo y el misticismo antimaterialistas. Karl Marx explicó: “El sufrimiento religioso es al mismo tiempo la expresión del sufrimiento real y una protesta contra el sufrimiento real. La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo cruel y el alma de condiciones inhumanas. Es el opio del pueblo. La abolición de la religión en tanto felicidad ilusoria de la gente es la demanda por su felicidad real. Llamarlos a abandonar las ilusiones sobre su condición es llamarlos a abandonar una condición en la que se requieren ilusiones” (“En torno a la crítica a la filosofía del derecho de Hegel”, 1844).

La Liga Comunista Internacional se basa en el materialismo histórico y dialéctico marxista y continúa las tradiciones revolucionarias del movimiento internacional de la clase obrera, ejemplificado con el movimiento cartista británico de la década de 1840, y el partido polaco “Proletariado” (1882-86), el primer partido de obreros en el imperio zarista. Nos apoyamos en el trabajo de revolucionarios como Marx, Engels, Lenin, Trotsky, Luxemburg y Liebknecht. Sobre todo tomamos como ejemplo la experiencia del Partido Bolchevique que culminó en la Revolución Rusa de 1917, hasta ahora la única revolución hecha por la clase obrera. Esta historia ilumina de dónde venimos, qué buscamos defender y hacia dónde queremos ir.

Buscamos en particular llevar adelante las perspectivas proletarias internacionales del marxismo, como fueron desarrolladas en la teoría y la práctica por V.I. Lenin y L.D. Trotsky, y como se expresaron en las decisiones de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista y en el Programa de Transición de 1938 y otros documentos clave de la IV Internacional, tales como “La guerra y la IV Internacional” (1934). Estos materiales son la codificación documental indispensable del movimiento comunista a nivel internacional y son fundamentales para las tareas revolucionarias de nuestra organización.

En esta época de capitalismo en avanzada decadencia, nosotros, los comunistas —que tenemos como objetivo la conquista proletaria del poder estatal y la reconstrucción de la sociedad sobre una nueva base socialista e igualitaria— somos, al mismo tiempo, los defensores más consecuentes de los ideales de la Ilustración y de las conquistas de la revolución burguesa, somos luchadores intransigentes por las libertades democrático-burguesas: por el derecho a portar armas; por la abolición de toda monarquía y privilegios aristocráticos; por la separación de la iglesia y el estado; contra la imposición del fundamentalismo religioso como programa político; por la defensa de la libertad de expresión y reunión contra la intromisión del estado burgués; contra los “castigos” bárbaros como la pena de muerte; por la igualdad jurídica para mujeres y minorías.

También somos defensores intransigentes de los derechos proletarios como los descritos en el folleto de James Burnham “The People’s Front—The New Betrayal” [El frente popular: la nueva traición] (1937): “Bajo la democracia capitalista, en un mayor o menor grado, existe un tercer tipo de derechos que no son, propiamente hablando, ‘derechos democráticos’ en absoluto, sino más bien derechos proletarios. Estos son derechos tales como el derecho de formar piquetes y declararse en huelga, y el de sindicalización. El origen histórico de estos derechos puede encontrarse, en todos los casos, en la lucha independiente del proletariado contra la burguesía y el estado burgués.”

También nos inspiramos en James P. Cannon, un líder de los primeros años del Partido Comunista de Estados Unidos que fue ganado al trotskismo en el VI Congreso de la Comintern y luchó por cristalizar una formación trotskista, al principio en el Partido Comunista, y por arraigarla en la lucha de la clase obrera. Cannon fue uno de los principales fundadores del Socialist Workers Party [SWP, Partido Socialista de los Trabajadores]. Su lucha por construir un partido proletario, forjar un colectivo leninista como dirección del partido (rechazando el fraccionalismo permanente de los primeros años del PC y oponiéndose a las intrigas camarillistas que plagaban, por ejemplo, a los trotskistas franceses) y la lucha de 1939-40 contra la oposición pequeñoburguesa dentro del SWP (Shachtman y Burnham) que desertó del trotskismo sobre la cuestión rusa —ésta es la herencia revolucionaria que la LCI defiende—.

Aunque parcialmente y principalmente en su terreno nacional, Cannon luchó en contra de la corriente revisionista de Pablo, surgida en el movimiento trotskista después de la Segunda Guerra Mundial. En nuestros documentos básicos (ver sobre todo “Génesis del pablismo”, otoño de 1972, reproducido en Cuadernos Marxistas núm. 1), al tiempo que fuimos agudamente críticos de los errores de los antipablistas, los apoyamos en su lucha crucial por la sobrevivencia del trotskismo. El pablismo se caracteriza principalmente por la renuncia a la necesidad de una dirección revolucionaria y una adaptación a las direcciones estalinistas, socialdemocráticas y pequeñoburguesas nacionalistas existentes. Después de la creación de los estados obreros deformados en Europa Oriental, Pablo predijo “siglos de estados obreros deformados” y aseguraba que los partidos estalinistas podían “trazar una orientación aproximadamente revolucionaria.”

Incapaces de explicar la extensión del estalinismo, Cannon y los trotskistas ortodoxos al principio buscaron evitar las conclusiones liquidacionistas negando la realidad (negándose, por ejemplo, a reconocer en China un estado obrero deformado hasta 1955). Cannon luchó contra el rechazo por Pablo del proletariado como la única clase capaz de transformar la sociedad y la negación de la necesidad de un partido trotskista de vanguardia. Sin embargo, esta lucha nunca fue realmente completada a nivel internacional. Detrás de cada uno de los experimentos en revisionismo de Pablo (y más tarde de Ernest Mandel) —principalmente experimentados por manos ajenas— estaba la negación de la centralidad del proletariado (ej., la “vía guerrillera”, y los estudiantes como la “nueva vanguardia de masas”).

Los orígenes de la Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista) están en la Spartacist League/U.S., que empezó como la Revolutionary Tendency [Tendencia Revolucionaria] dentro del SWP y se basó principalmente en el documento de la Socialist Labour League británica World Prospect for Socialism [Perspectiva mundial para el socialismo] (1961) y en dos documentos de la Tendencia Revolucionaria: In Defense of a Revolutionary Perspective [En defensa de una perspectiva revolucionaria] (1962) y especialmente Hacia el renacimiento de la Cuarta Internacional (1963), este último presentado a la convención de 1963 del SWP. En su conferencia de fundación en 1966, la Spartacist League/U.S. adoptó una Declaración de Principios (ver: Cuadernos Marxistas núm. 1) que sirvió de modelo para esta Declaración Internacional de Principios. La Liga Comunista Internacional, mediante su contribución al esclarecimiento teórico del movimiento marxista y al reforjamiento de las armas organizativas necesarias de los obreros, sostiene los principios proletarios revolucionarios del marxismo y los llevará a la vanguardia de la clase obrera.

“El oportunismo es, por naturaleza propia, nacionalista, puesto que se basa en las necesidades locales y circunstanciales del proletariado, no en sus tareas históricas.... Para nosotros, la unidad internacional no es una fachada decorativa sino el eje mismo de nuestras posiciones teóricas y de nuestra política” (León Trotsky, “Defensa de la república soviética y de la Oposición” 1929). Desde su inicio como un puñado de jóvenes trotskistas expulsados burocráticamente del SWP, la perspectiva y acciones de la Spartacist League estuvieron orientadas hacia el renacimiento de la IV Internacional y en contra de una perspectiva centrada en Estados Unidos.

En 1974, fue adoptada la Declaración para organizar una tendencia trotskista internacional, quedando constituida formalmente la tendencia espartaquista internacional (TEI). Este documento denunciaba tajantemente las prácticas federativas no bolcheviques de nuestros oponentes seudotrotskistas: el SWP, el Secretariado Unificado y el Comité Internacional de Gerry Healy, todos los cuales se escondían tras el tigre de papel de la flagrantemente antidemocrática Ley Voorhis de EE.UU. [que prohíbe la afiliación internacional de organizaciones políticas; leyes similares existen en otros países], para evadir la práctica del internacionalismo leninista revolucionario. La TEI (antecesora de la LCI) por el contrario, declaró abiertamente que se regiría por el principio del centralismo democrático internacional.

La primera conferencia internacional delegada, llevada a cabo en 1979, eligió un comité ejecutivo internacional. Desde entonces la LCI ha alcanzado logros modestos en la extensión internacional de nuestra tendencia a América Latina y Sudáfrica, así como extensiones adicionales en Europa y Asia. Este crecimiento internacional ha sido un contrapeso vital a las presiones deformantes de nuestra sección más grande, que existe en el prolongado clima político relativamente reaccionario de los Estados Unidos.

En 1989 la TEI se convirtió en la Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista).

El estalinismo arrastró la bandera del comunismo por el lodo mientras pervertía sistemáticamente el entendimiento de todo principio y término básico del marxismo; y el nivel general de identificación del progreso humano con la idea del comunismo está en un punto relativamente bajo. Pero las labores del imperialismo capitalista generan de nuevo un odio subjetivo y visceral contra la opresión en millones alrededor del globo. La ausencia de una dirección genuinamente comunista es sentida claramente por muchos y el programa del internacionalismo leninista puede ser levantado con gran impacto.

La inversión de los imperialistas en algunos países del “tercer mundo”, donde los salarios son muy bajos, ha creado concentraciones proletarias en áreas hasta ahora improbables como escenario de grandes conflictos entre trabajo y capital. En busca de ampliar nuestro partido más allá de los países desarrollados occidentales, buscamos infundir en nuestra internacional el valor de bolcheviques como Kote Tsintsadze:

“Se necesitaron circunstancias verdaderamente extraordinarias, como el zarismo, la clandestinidad, la cárcel y la deportación, muchos años de lucha contra los mencheviques y, sobre todo, la experiencia de tres revoluciones para forjar combatientes de la talla de Kote Tsintsadze.... Los partidos comunistas de Occidente todavía no han forjado combatientes de la talla de Tsintsadze. Esa es su gran debilidad, y aunque la determinan razones históricas, no obstante, es una debilidad. La Oposición de Izquierda de los países occidentales no es una excepción, y debe tener plena conciencia de ello.”

— Trotsky, “Ante la tumba recién cavada de Kote Tsintsadze”, 7 de enero de 1931

5. El carácter internacional de la revolución socialista

La experiencia histórica ha mostrado que el camino al socialismo sólo puede ser abierto mediante la creación de un poder dual que culmine con la destrucción del estado capitalista, la victoria del estado obrero y el desarrollo de un nuevo orden social. El aparato policiaco, militar, burocrático, jurídico y político del viejo orden no puede ser reformado para que sirva a los intereses del proletariado, sino que debe ser aplastado y reemplazado por la dictadura del proletariado: un gobierno obrero basado en consejos de trabajadores y sostenido por la fuerza armada de los obreros. Tal estado se defendería contra los esfuerzos contrarrevolucionarios de la clase dominante derrocada por retornar al poder, y reorganizaría la economía sobre líneas racionales. Conforme la base económica para las clases sociales disminuya, el estado obrero asumiría cada vez más funciones puramente administrativas, hasta extinguirse totalmente con el advenimiento del comunismo sin clases. Pero la realización de este fin requiere la destrucción del imperialismo capitalista como sistema mundial y el establecimiento de una división socialista del trabajo a nivel mundial.

El carácter internacional de la clase obrera le confiere una superioridad potencialmente enorme sobre la burguesía, ya que el capitalismo opera con métodos anárquicos que ponen a una clase capitalista nacional contra otra y crean constantemente desigualdad y crisis nuevas. Para realizar esta superioridad, el proletariado necesita un partido internacional para unificar a la clase a través de las divisiones nacionales y de otros tipos, y para coordinar las luchas interdependientes de los obreros de todos los países. Aunque la revolución puede empezar en un solo país, toda victoria parcial sólo se verá asegurada con la extensión de la revolución a otros países y el eventual dominio del mundo por la organización económica socialista. Luchamos por reforjar la IV Internacional, el partido mundial de la revolución socialista, cuyo programa y propósitos siguen siendo tan válidos hoy como en su fundación en 1938.

Un partido leninista no se construye simplemente a través del reclutamiento lineal, sino a través de escisiones con oportunistas y fusiones con elementos revolucionarios que rompen con el centrismo, en ambos casos con base programática. Particularmente cuando las fusiones se dan a través de fronteras nacionales, debe haber un concienzudo período de prueba para establecer un sólido acuerdo político subyacente. Nuestro objetivo es reunir a grupos cuya orientación sea hacia lograr nuevas revoluciones de Octubre, ninguna otra cosa, nada más ni nada menos.

6. El papel de vanguardia de la clase obrera en la defensa de todos los oprimidos

El papel de vanguardia de la clase obrera es central para la perspectiva marxista del socialismo mundial, particularmente el peso decisivo del proletariado de los países industrializados. Sólo la clase obrera tiene el poder social y la obligación de su claro interés objetivo para liberar de la opresión al género humano. No teniendo interés alguno en la preservación del orden burgués, su enorme poder yace en su papel en la producción, su número y su organización.

El continuo dominio de un pequeño puñado de capitalistas se conserva sólo manteniendo a la clase obrera dividida y confundida en cuanto a su situación real. En Estados Unidos, la clase dominante ha tenido éxito en explotar profundas divisiones en el proletariado sobre líneas religiosas y étnicas primero, y sobre líneas raciales después. Los obreros negros sufren de una doble opresión, como parte de una oprimida casta racial y de color, y requieren formas especiales de lucha (ej., organizaciones transicionales como las ligas de lucha obrera y negra). La clase obrera transciende tales divisiones sólo a través de la lucha y de manera sumamente reversible. El socialismo en los Estados Unidos sólo será logrado mediante la lucha conjunta de obreros blancos y negros bajo la dirección de una vanguardia revolucionaria multirracial.

La cuestión negra en EE.UU. está determinada por la historia particular de los Estados Unidos: la esclavitud, la derrota en la Guerra Civil del régimen esclavista del sur a manos del capitalismo industrial del norte y la traición por la burguesía de la promesa de igualdad de la Reconstrucción Radical, que condujo a la segregación racista de los negros a pesar de la integración económica de los trabajadores negros al estrato más bajo del proletariado. La segregación forzada de los negros, integral para el capitalismo norteamericano, ha sido resistida por las masas negras siempre que estas han percibido la posibilidad de dar tales luchas. Por esto, nuestro programa para EE.UU. es el integracionismo revolucionario —la integración plena de los negros a unos Estados Unidos igualitarios y socialistas— y nuestro programa de “liberación de los negros mediante la revolución socialista.”

El capitalismo moderno, es decir, el imperialismo, que alcanza todas las regiones del planeta, en el curso de la lucha de clases y conforme la necesidad económica lo exige, introduce al proletariado por sus estratos más bajos nuevas fuentes de mano de obra más barata, principalmente inmigrantes de otras regiones del mundo, más pobres y menos desarrolladas; trabajadores con pocos derechos que son considerados más desechables en tiempos de contracción económica. Así, el capitalismo, en forma continua crea estratos diferentes entre los obreros; mientras, simultáneamente, amalgama obreros de muchas tierras diferentes. Por todos lados, los capitalistas, apoyados por oportunistas de la aristocracia obrera, intentan envenenar la conciencia de clase y la solidaridad entre los obreros, fomentando las divisiones religiosas, étnicas y nacionales. La lucha por la unidad y la integridad de la clase trabajadora en contra del chovinismo y el racismo es por lo tanto una tarea vital para la vanguardia del proletariado.

Hoy el prejuicio antiinmigrante define la política racista y derechista y es una prueba de fuego para el movimiento obrero y la izquierda desde Europa Occidental y Sudáfrica hasta el Lejano Oriente. La LCI lucha contra las deportaciones: ¡Plenos derechos de ciudadanía para todos los inmigrantes! ¡Por movilizaciones de obreros y minorías para poner alto a los fascistas! ¡Por guardias de defensa obrera! ¡Por milicias obreras multiétnicas y multirraciales contra la violencia comunalista!

Los demagogos fascistas se alimentan del desempleo, la pauperización y la inseguridad endémicos al sistema capitalista. El terror fascista y los ataques gubernamentales contra los inmigrantes y las demás minorías oprimidas sólo pueden ser combatidos eficazmente desde la perspectiva de derrocar al sistema capitalista y reemplazarlo con una economía internacionalmente planificada y colectivizada. Como escribió Trotsky en 1930, cuando, bajo el impacto de la Gran Depresión, el partido nazi emergió como una verdadera amenaza de tomar el poder en Alemania: “Estados Unidos Soviéticos de Europa, esta es la única consigna correcta que ofrece una solución a la partición de Europa, que amenaza no solamente a Alemania sino a Europa entera con una decadencia económica y cultural total” (“El giro de la Internacional Comunista y la situación en Alemania”, 26 de septiembre de 1930).

La opresión de las mujeres, los jóvenes, las minorías y todos los sectores de los oprimidos, debe ser analizada y tratada en cada país para encontrar el punto donde más favorablemente pueda aplicarse la palanca marxista. Como escribió Lenin en el ¿Qué hacer? (1902): “...el ideal del socialdemócrata no debe ser el secretario de tradeunión [sindicato], sino el tribuno popular, que sabe reaccionar ante toda manifestación de arbitrariedad y de opresión, dondequiera que se produzca y cualquiera que sea el sector o la clase social a que afecte; que sabe sintetizar todas estas manifestaciones en un cuadro único de la brutalidad policíaca y de la explotación capitalista; que sabe aprovechar el hecho más pequeño para exponer ante todos sus convicciones socialistas y sus reivindicaciones democráticas, para explicar a todos y cada uno la importancia histórica universal de la lucha emancipadora del proletariado.”

La LCI lucha por la liberación de la mujer mediante la revolución socialista. En los países de desarrollo capitalista tardío, la aguda opresión y degradación de la mujer está profundamente arraigada en la “tradición” precapitalista y el oscurantismo religioso. En estos países la lucha contra la opresión de la mujer es, por tanto, una fuerza motriz para la lucha revolucionaria. La condición de la mujer en los países capitalistas más avanzados, aunque es muy diferente, muestra los límites de libertad y progreso social bajo el capitalismo; los revolucionarios son los campeones más consistentes de los derechos democráticos elementales de la mujer, como el aborto legal y gratuito y el “pago igual por trabajo igual”. El clima social reaccionario, agravado por el colapso de la Unión Soviética y la campaña coordinada para retirar las protecciones del “estado benefactor” a las masas, ha traído un incremento agudo de los prejuicios antisexo, antimujeres y antihomosexuales. Nos oponemos a todas las leyes contra “crímenes sin víctimas”, incluyendo aquéllas que hacen de las actividades homosexuales, u otras actividades sexuales consensuales, de la prostitución y del uso de drogas, un crimen.

La opresión de la mujer, la desigualdad social más vieja de la historia humana, se remonta al inicio de la propiedad privada y no podrá ser abolida más que con la abolición de la sociedad dividida en clases. La institución social fundamental para la opresión de la mujer es la familia, cuya función para criar a la siguiente generación debe ser superada, reemplazando el trabajo doméstico de la mujer con instituciones colectivas en una sociedad socialista. Nos basamos en el precedente de los bolcheviques de trabajo especial organizado entre las mujeres para ganarlas a la causa socialista, descrito en los primeros números de la revista de la SL/U.S., Women and Revolution (Mujer y revolución).

Al luchar contra todas las manifestaciones de la injusticia burguesa, nos oponemos al sectoralismo, que niega la posibilidad de que la conciencia transcienda la propia experiencia individual de opresión, y luchamos por unir a la vanguardia de todas las capas sociales oprimidas tras el proletariado en la lucha por el socialismo.

¡Abrir paso a la juventud! La lucha por ganar una nueva generación de jóvenes a los principios y programa del trotskismo es una lucha clave para la construcción del partido revolucionario proletario internacional. Esto incluye no solamente la lucha por reclutar jóvenes obreros, sino también el trabajo entre estudiantes. Como una capa particularmente volátil de los intelectuales pequeñoburgueses, los estudiantes pueden jugar un papel activo en las actividades “radicales” ya sea hacia la izquierda o hacia la derecha. Buscamos ganar estudiantes al lado de la clase obrera, reconociendo, como Lenin, que el partido revolucionario se construye mediante la fusión de intelectuales revolucionarios que renuncien a su clase, con las más avanzadas capas del proletariado. La juventud cumple un papel particular como carne de cañón para las guerras y otras aventuras militares de los gobernantes capitalistas. Nuestra oposición al ejército burgués y a la conscripción es antitética a la de los pacifistas y aquéllos que buscan una excepción para la pequeña burguesía de una obligación impuesta a la juventud obrera en muchos países. Vamos con nuestra clase con el objetivo de ganar soldados proletarios al programa y propósito de la revolución comunista. Entendemos que la división por líneas de clase del ejército conscripto es un factor clave para la victoria proletaria en una situación revolucionaria.

Mediante nuestro trabajo en la juventud, buscamos reclutar y entrenar a los cuadros futuros del partido revolucionario, mediante el establecimiento de organizaciones juveniles de transición que sean tanto organizativamente independientes como políticamente subordinadas al partido revolucionario.

7. Las bases burguesas del revisionismo

En la medida en que la conciencia revolucionaria no prevalece entre los obreros, su conciencia está determinada por la ideología de la clase dominante. Objetivamente, el capitalismo rige a través del poder del capital, de su monopolio de los medios de violencia y de su control de todas las instituciones sociales existentes. Pero prefiere, cuando es posible, regir con el “consentimiento” de las masas a través del predominio de la ideología burguesa entre los oprimidos, alentando ilusiones y ocultando su esencia sanguinaria. El nacionalismo, el patriotismo, el racismo y la religión penetran en las organizaciones obreras, centralmente a través de la intermediación de los “lugartenientes obreros” pequeño burgueses —burocracias parasitarias sindicales, derivadas de los estalinistas y la socialdemocracia y basadas en el estrato superior privilegiado de la clase obrera—. A menos que se los reemplace con dirigencias revolucionarias, estos reformistas dejarán que las organizaciones obreras se vuelvan impotentes en la lucha por las necesidades económicas de los obreros bajo las condiciones de la democracia burguesa, o incluso permitirán que estas organizaciones sean destruidas por el fascismo triunfante.

En su obra de 1916 El imperialismo, fase superior del capitalismo, Lenin expone las bases materiales del oportunismo de la burocracia sindical:

“La obtención de elevadas ganancias monopolistas por los capitalistas de una de tantas ramas de la industria, de uno de tantos países, etc., les brinda la posibilidad económica de sobornar a ciertos sectores obreros, y, temporalmente, a una minoría bastante considerable de estos últimos, atrayéndolos al lado de la burguesía de dicha rama o de dicha nación contra todos los demás. El acentuado antagonismo de las naciones imperialistas en torno al reparto del mundo ahonda esa tendencia. Así se crea el vínculo entre el imperialismo y el oportunismo.... Lo más peligroso en este sentido son las gentes [como el menchevique Mártov] que no desean comprender que la lucha contra el imperialismo es una frase vacía y falsa si no va ligada indisolublemente a la lucha contra el oportunismo.”

La degeneración y capitulación de tendencias dentro del movimiento marxista ha tenido un valor especialmente crítico para la preservación del dominio imperialista. El ceder a las presiones de la sociedad burguesa ha lanzado repetidamente a corrientes nominalmente marxistas hacia el revisionismo, el proceso de negación de la conclusión esencial del marxismo de que el estado es un instrumento de dominación de clase. El revisionismo bernsteiniano, el menchevismo, el estalinismo y su variante maoísta son todos ilustraciones de este proceso que constituye un puente hacia las prácticas abiertamente reformistas. A escala global, además de los estalinistas y los socialdemócratas, los nacionalistas y los políticamente religiosos trabajan arduamente en desviar la lucha de la clase obrera.

El centrismo es la corriente programáticamente heterogénea y teóricamente amorfa en el movimiento obrero que ocupa numerosas tonalidades en el espectro político entre el marxismo y el reformismo, entre el internacionalismo revolucionario y el socialpatriotismo oportunista. Como señaló Trotsky en su artículo de 1934, “El centrismo y la Cuarta Internacional”:

“Para un marxista revolucionario, en este momento, la lucha contra el centrismo reemplazó casi totalmente a la lucha contra el reformismo.... Por lo tanto, la lucha contra los oportunistas ocultos o enmascarados debe librarse totalmente en el terreno de las conclusiones prácticas que se derivan de las condiciones revolucionarias.”

En situaciones de lucha de clases tajante, los farsantes centristas que forman parte de la cadena sifilítica que mantiene el dominio de la clase burguesa, se vuelven, a la vez, más peligrosos y más vulnerables a la denuncia de los revolucionarios. La vanguardia trotskista revolucionaria crecerá a expensas de nuestros oponentes centristas o viceversa. El resultado de esta confrontación entre marxismo y centrismo es un factor crucial en el éxito o fracaso de la revolución.

Ha sido la poco atractiva actuación reformista de la socialdemocracia y el estalinismo la que ha generado el resurgimiento del anarquismo, una ideología antimarxista basada en el idealismo democrático radical, que en los primeros años de este siglo había quedado moribunda ante el marxismo revolucionario de los bolcheviques. De igual manera, entre los militantes sindicales han resucitado ánimos sindicalistas antipolíticos atribuibles a la repugnancia por la conducta de todos los viejos parlamentarios “socialistas”; pero esta retirada hacia la lucha económica “pura” sólo permite que la lucha combativa se consuma sin nunca desafiar realmente a los traidores reformistas.

8. La lucha contra la guerra imperialista

En su documento “La guerra y la Cuarta Internacional”, León Trotsky codificó el programa de la oposición internacionalista proletaria a las guerras inevitablemente engendradas por el capitalismo decadente. Como Trotsky señaló: “La transformación de la guerra imperialista en guerra civil es el objetivo estratégico general al que se debe subordinar toda la política de un partido proletario.” En las guerras interimperialistas como la Primera y Segunda Guerra Mundial, y en otras guerras entre estados capitalistas de nivel de desarrollo relativamente igual, nuestro principio básico es el derrotismo revolucionario: oposición irreconciliable a la carnicería capitalista y reconocimiento de que la derrota de la propia burguesía es el mal menor. Como Wilhelm Liebknecht dijo: “ni un hombre, ni un centavo” para el militarismo burgués.

En guerras imperialistas de rapiña contra naciones coloniales, semicoloniales o dependientes, el deber del proletariado de todos los países es ayudar a las naciones oprimidas contra los imperialistas, manteniendo completa independencia política de las fuerzas nacionalistas pequeñoburguesas y burguesas.

El proletariado debe otorgar defensa militar incondicional a los estados obreros deformados en China, Vietnam, Corea del Norte y Cuba contra el imperialismo. Nuestra posición fluye del carácter de clase proletario de estos estados, que toma cuerpo en las relaciones de propiedad colectivizada —propiedad nacionalizada, economía planificada, monopolio de la banca y el comercio exterior, etc.— establecidas por revoluciones sociales que destruyeron al capitalismo. Pese a las deformaciones burocráticas de estos estados, nuestra defensa de los mismos contra el enemigo de clase es incondicional, es decir, no depende del previo derrocamiento de las burocracias estalinistas, ni tampoco de las circunstancias ni de las causas inmediatas del conflicto.

La campaña hacia la guerra imperialista es inherente al sistema capitalista. Los actuales ideólogos de la “globalización” proyectan una falsa visión de que los intereses rivales de los estados-nación en competencia han sido transcendidos en este período postsoviético. Esto no es más que el refrito de la teoría de Karl Kautsky del “ultraimperialismo”. Como escribió Lenin en El imperialismo, fase superior del capitalismo:

“Compárese con esta realidad —la variedad gigantesca de condiciones económicas y políticas, la desproporción extrema en la rapidez de desarrollo de los distintos países, etc., la lucha rabiosa entre los Estados imperialistas— el necio cuento de Kautsky sobre el ultraimperialismo ‘pacífico’.... ¿Es que el capital financiero norteamericano y el de otros países, que se repartieron pacíficamente todo el mundo, con la participación de Alemania, en el consorcio internacional del raíl, pongamos por caso, o en el trust internacional de la marina mercante, no reparten hoy día de nuevo el mundo, basándose en las nuevas relaciones de fuerza, relaciones que se modifican de una manera que no tiene nada de pacífica?”

9. La cuestión nacional y el derecho de todas las naciones a la autodeterminación

Como escribió Trotsky en “La guerra y la Cuarta Internacional” (10 de junio de 1934):

“Aunque utilizó a la nación para desarrollarse, en ningún lado, en ningún rincón del mundo, el capitalismo resolvió plenamente el problema nacional.”

El derecho de autodeterminación se aplica a todas las naciones. La lucha de la dirección proletaria por la autodeterminación de las naciones oprimidas es una poderosa herramienta para romper el control de los dirigentes nacionalistas pequeñoburgueses sobre las masas. La LCI se basa en la polémica de Lenin (El derecho de las naciones a la autodeterminación, febrero-mayo de 1914) en la que él afirma: “Los intereses de la clase obrera y de su lucha contra el capitalismo exigen una completa solidaridad y la más estrecha unión de los obreros de todas las naciones, exigen que se rechace la política nacionalista de la burguesía de cualquier nacionalidad.”

Nos apoyamos en el argumento de Lenin de que “...para luchar con éxito contra ella [la explotación] se exige que el proletariado sea independiente del nacionalismo, que los proletarios mantengan una posición de completa neutralidad, por decirlo así, en la lucha de la burguesía de las diversas naciones por la supremacía. En cuanto el proletariado de una nación cualquiera apoye en lo más mínimo los privilegios de ‘su’ burguesía nacional, este apoyo provocará inevitablemente la desconfianza del proletariado de la otra nación, debilitará la solidaridad internacional de clase de los obreros, los desunirá para regocijo de la burguesía. Y el negar el derecho a la autodeterminación, o a la separación, significa indefectiblemente, en la práctica, apoyar los privilegios de la nación dominante.”

Sin embargo, cuando la demanda particular de autodeterminación nacional —una demanda democrática— contradice cuestiones de clase o las necesidades generales de la lucha de clases, nos oponemos a su ejercicio. Como Lenin apuntó en “Balance de la discusión sobre la autodeterminación” (julio de 1916): “Las distintas reivindicaciones de la democracia, incluyendo la de la autodeterminación, no son algo absoluto, sino una partícula de todo el movimiento democrático (hoy: socialista general) mundial. Puede suceder que, en un caso dado, una partícula se halle en contradicción con el todo; entonces hay que desecharla.” Lenin apoyó fuertemente el derecho de Polonia a la autodeterminación, argumentando este punto contra otros socialistas revolucionarios como Rosa Luxemburg. Pero en el contexto particular de la Primera Guerra Mundial, Lenin argumentó: “Los socialdemócratas polacos no están hoy en condiciones de lanzar la consigna de independencia de Polonia, pues como proletarios internacionalistas no pueden hacer nada para ello sin caer, a semejanza de los ‘fraquistas’ [social chovinistas], en el más rastrero servilismo ante una de las monarquías imperialistas.”

En nuestro enfoque a la interpenetración de dos o más pueblos que reclaman el mismo territorio, la LCI se guía por la práctica y la experiencia de los bolcheviques, en particular por la discusión sobre Ucrania en el II Congreso de la Internacional Comunista. La LCI desarrolló esta posición en relación al Medio Oriente, Chipre, Irlanda del Norte y la ex Yugoslavia. En tales situaciones, bajo el capitalismo —en el que el poder estatal es dominado necesariamente por una sola nación— el derecho democrático a la autodeterminación nacional no puede ser logrado por un pueblo sin violar los derechos nacionales del otro. Por eso, estos conflictos no pueden ser resueltos equitativamente dentro de un marco capitalista. La condición previa para una solución democrática es barrer con todas las burguesías de la región.

10. La revolución colonial, la revolución permanente y la “vía guerrillera”

La experiencia desde la Segunda Guerra Mundial ha validado totalmente la teoría trotskista de la revolución permanente que declara que en la época imperialista la revolución democrático-burguesa sólo puede ser completada por la dictadura del proletariado, apoyada por el campesinado. Los países coloniales y semicoloniales sólo pueden obtener su genuina emancipación nacional bajo la dirección del proletariado revolucionario. Para abrir el camino al socialismo, se requiere la extensión de la revolución a los países capitalistas avanzados.

La propia Revolución de Octubre refutó la idea menchevique de la revolución por etapas; los mencheviques proponían un bloque político con el partido liberal Kadete para poner a la burguesía en el poder. “La idea menchevique de una alianza entre el proletariado y la burguesía significaba en realidad el sometimiento de los obreros y los campesinos a los liberales.... En 1905 los mencheviques todavía no tenían el coraje suficiente como para sacar todas las conclusiones necesarias de su teoría de la revolución ‘burguesa’. En 1917 llevaron sus ideas hasta sus últimas consecuencias y se rompieron la cabeza” (Trotsky, “Tres concepciones de la Revolución Rusa”, escrito en agosto de 1939, publicado por primera vez en 1942).

Los bolcheviques de Lenin estaban más cerca de la perspectiva de Trotsky en el sentido de que insistían en que la burguesía rusa era incapaz de dirigir una revolución democrática. Los bolcheviques argumentaban por una alianza entre la clase obrera y el campesinado que culminara con la “dictadura democrática del proletariado y el campesinado”, una consigna errónea que proyectaba un estado que defendiera los intereses de dos clases distintas. En 1917, después de la Revolución de Febrero, fue necesaria una lucha tajante dentro del Partido Bolchevique para que prevaleciera la línea de Lenin por la dictadura del proletariado contenida en las “Tesis de abril”. Sin embargo, el que el Partido Bolchevique no reconociera explícitamente la confirmación de la teoría de la revolución permanente de Trotsky con la Revolución de Octubre y el que no repudiara explícitamente la “dictadura democrática del proletariado y el campesinado” se convirtió después en un instrumento de las fuerzas que habrían de posar como la “vieja guardia” bolchevique (ej., Stalin) para atacar a Trotsky, a la teoría de la revolución permanente y a las premisas e implicaciones revolucionarias internacionalistas de la Revolución Bolchevique.

Trotsky escribió en su introducción a la edición alemana de La revolución permanente (29 de marzo de 1930, a veces referida como prólogo de la obra):

“Stalin, bajo una apariencia de fundamentación económica del internacionalismo, nos da en realidad la fundamentación del socialismo nacionalista. No es cierto que la economía mundial represente en sí una simple suma de factores nacionales de tipo idéntico. No es cierto que los rasgos específicos no sean ‘más que un complemento de los rasgos generales’, algo así como las verrugas en el rostro. En realidad, las particularidades nacionales representan en sí una combinación de los rasgos fundamentales de la economía mundial.”

En La revolución permanente (1928-29) Trotsky explicó:

“En las condiciones de la época imperialista, la revolución nacional-democrática sólo puede ser conducida hasta la victoria en el caso de que las relaciones sociales y políticas del país de que se trate hayan madurado en el sentido de elevar al proletariado al poder como director de las masas populares. ¿Y si no es así? Entonces, la lucha por la emancipación nacional dará resultados muy exiguos, dirigidos enteramente contra las masas trabajadoras....

“Un país colonial o semicolonial, cuyo proletariado resulte aún insuficientemente preparado para agrupar en torno suyo a los campesinos y conquistar el poder, se halla por ello mismo imposibilitado para llevar hasta el fin la revolución democrática.”

El carácter parcial de las revoluciones anticapitalistas en el mundo colonial nos lleva a reafirmar el concepto marxista-leninista del proletariado como la única fuerza social capaz de hacer la revolución socialista. La LCI se opone fundamentalmente a la doctrina maoísta, enraizada en el menchevismo y en el reformismo estalinista, que rechaza el papel de vanguardia de la clase obrera y lo sustituye con la guerra de guerrillas basada en el campesinado como el camino al socialismo.

Otra extensión del marxismo contribuida por la Liga Comunista Internacional al analizar al estalinismo fue nuestro entendimiento de la Revolución Cubana (ver: Cuadernos Marxistas núm. 2, “Cuba y la teoría marxista”), que iluminó en retrospectiva el curso de las revoluciones china y yugoslava. En Cuba, un movimiento pequeñoburgués bajo circunstancias excepcionales —la ausencia de una clase obrera como contendiente por el poder social por derecho propio, la huida de la burguesía nacional y el cerco imperialista hostil, y un salvavidas lanzado por la Unión Soviética— derrocó a la vieja dictadura de Batista y finalmente aplastó las relaciones de propiedad capitalistas. Pero el castrismo (al igual que otros movimientos guerrilleros basados en el campesinado) no puede llevar a la clase obrera al poder político.

Bajo las circunstancias históricas más favorables que se puedan imaginar, el campesinado pequeñoburgués sólo fue capaz de crear un estado obrero burocráticamente deformado; esto es, un estado de la misma especie que el que surgió de la contrarrevolución política de Stalin en la Unión Soviética; un régimen antiobrero que bloqueó las posibilidades de extender la revolución social a Latinoamérica y Norteamérica, y suprimió el futuro desarrollo de Cuba en dirección al socialismo. Para poner a la clase trabajadora en el poder político y abrir el camino al desarrollo socialista, se requiere una revolución política suplementaria dirigida por un partido trotskista. Con la destrucción del estado obrero degenerado soviético y, consiguientemente, con la falta de un salvavidas fácilmente disponible contra el cerco imperialista, se ha cerrado la estrecha apertura histórica en la que las fuerzas pequeñoburguesas pudieron derrocar el dominio capitalista local, subrayando la perspectiva trotskista de la revolución permanente.

11. El frente popular: no una táctica sino el mayor de los crímenes

Desde España en 1936 hasta Chile en 1973, oportunidades maduras para la revolución proletaria han sido descarriladas a través del mecanismo del frente popular, que ata a los explotados a sus explotadores, y abre el camino a dictaduras fascistas y bonapartistas. León Trotsky afirmó: “Al adormecer a los obreros y campesinos con ilusiones parlamentarias, al paralizar su voluntad de lucha, el Frente Popular genera las condiciones favorables para el triunfo del fascismo. El proletariado pagará la política de coalición con la burguesía con años de tormentos y sacrificios, si no con décadas de terror fascista” (“El nuevo ascenso revolucionario y las tareas de la Cuarta Internacional”, julio de 1936).

Como Lenin y Trotsky, la LCI se opone en principio a toda coalición con partidos capitalistas (“frentes populares”) tanto en el gobierno como en la oposición, y nos oponemos a votar por los partidos obreros en frentes populares. Gobiernos parlamentarios formados por partidos obreros reformistas (“partidos obreros burgueses”, como los definió Lenin) son gobiernos capitalistas que administran el dominio capitalista (ej., los numerosos gobiernos del Partido Laborista en Gran Bretaña). En los casos en los que los partidos obreros reformistas de masas se presenten como representantes de los intereses de la clase obrera, independientes de y contra los partidos burgueses, puede ser apropiado que los revolucionarios apliquen la táctica del apoyo crítico (“del mismo modo que la soga sostiene al ahorcado”). Ese tipo de apoyo electoral crítico sirve como un medio para que los revolucionarios exacerben la contradicción entre la base proletaria y la dirección procapitalista. Sin embargo, la inclusión de una formación política no proletaria por pequeña que sea (como los liberales, los eco-maniacos “Verdes” en Occidente, o los nacionalistas burgueses) actúa como garante del programa burgués, suprimiendo esta contradicción.

El “frente único antiimperialista” es la forma particular que la colaboración de clases asume con mayor frecuencia en los países coloniales y excoloniales, desde la liquidación del Partido Comunista Chino en el Guomindang de Chiang Kai-shek en los años 20 hasta las décadas de postración de la “izquierda” sudafricana ante el Congreso Nacional Africano (CNA), que se ha convertido en una fachada patrocinada por el imperialismo para el capitalismo del neoapartheid. Hoy, en América Latina, el nacionalismo “antiyanqui” es la herramienta principal con la que los obreros combativos y los campesinos insurgentes son inducidos a poner sus esperanzas en los burgueses “radicales”. El programa de Trotsky de la revolución permanente es la alternativa a la confianza en fantasías respecto a la atrasada burguesía dependiente del imperialismo del propio país oprimido como el vehículo para la liberación.

12. El partido revolucionario: su programa, organización y disciplina

“No puede triunfar la revolución proletaria sin el partido, aparte del partido, al encuentro del partido o por un sucedáneo del partido” (León Trotsky, Lecciones de Octubre [1924]). Luchamos por la construcción de un partido revolucionario, el instrumento para llevar la conciencia política al proletariado, buscando convertirnos en la principal fuerza ofensiva y conductora a través de la cual la clase obrera haga y consolide la revolución socialista. Nuestro objetivo es un estado mayor revolucionario cuyos cuadros dirigentes deben ser entrenados y probados en la lucha de clases. El partido lucha por ganar la dirección de la clase sobre las bases de su programa y determinación revolucionaria; busca entender el pasado en su conjunto para poder evaluar la situación presente. El reto está en reconocer y responder audazmente al momento revolucionario cuando éste se presente, ese momento en el que las fuerzas del proletariado tengan la mayor confianza y preparación, y las fuerzas del viejo orden se encuentren en la mayor desmoralización y desorganización. En tal partido revolucionario se cristaliza la aspiración de las masas a obtener su libertad; simboliza su voluntad revolucionaria y será el instrumento de su victoria.

Como escribió Trotsky en el Programa de Transición:

“La tarea estratégica del próximo período (un período prerrevolucionario de agitación, propaganda y organización) consiste en superar la contradicción entre la madurez de las condiciones revolucionarias objetivas y la inmadurez del proletariado y su vanguardia (la confusión y desmoralización de la generación madura y la inexperiencia de los jóvenes). Es necesario ayudar a las masas a que en sus luchas cotidianas hallen el puente que une sus reivindicaciones actuales con el programa de la revolución socialista. Este puente debe componerse de un conjunto de reivindicaciones transitorias, basadas en las condiciones y en la conciencia actual de amplios sectores de la clase obrera para hacerlas desembocar en una única conclusión final: la toma del poder por el proletariado.”

El partido de vanguardia debe dedicar la misma atención concienzuda a la cuestión de la dirección del partido que el partido dedica a la lucha por la conciencia de los obreros avanzados. En “Los errores de los sectores de derecha de la Liga Comunista sobre la cuestión sindical” (4 de enero de 1931), Trotsky escribió:

“Cualesquiera que sean los orígenes sociales y las causas políticas de los errores y desviaciones oportunistas, siempre se reducen ideológicamente a una comprensión errónea de lo que es el partido revolucionario y de su relación con otras organizaciones proletarias y con el conjunto de la clase.”

El frente unido es una táctica principal especialmente en períodos inestables tanto para movilizar a una amplia masa en la lucha por una demanda común como para fortalecer la autoridad del partido de vanguardia dentro de la clase. La fórmula “marchar separados, golpear juntos” significa la acción unitaria en defensa de los intereses de los obreros, permitiendo al mismo tiempo el choque de opiniones competidoras en el contexto de una experiencia política común.

La táctica comunista del frente unido permite a la vanguardia acercarse a organizaciones separadas y en otros respectos hostiles en una acción común. Se contrapone a la táctica estalinista del “tercer período” de “frente unido desde la base” que pide la unidad de la “base” contra sus líderes, reforzando las líneas organizativas e imposibilitando la acción conjunta. Un frente unido requiere de una completa “libertad de crítica”, es decir, los participantes pueden presentar sus propias consignas y propaganda.

El sello distintivo de la retirada del propósito revolucionario es la práctica de bloques de propaganda: la subordinación del programa proletario al oportunismo en nombre de la “unidad”. Sirve un propósito similar la idea del “frente único estratégico” que transforma al frente unido en una esperada “coalición” permanente basada en un programa de mínimo común denominador. A diferencia de todos estos esquemas, el partido revolucionario no puede construirse sin una lucha por la claridad política y la denuncia implacable de las fuerzas reformistas y, especialmente, centristas.

La LCI se basa en los principios e historial de la International Labor Defense (ILD, Defensa Obrera Internacional), el brazo estadounidense del Socorro Rojo Internacional de los primeros años de la Comintern. Buscamos llevar adelante la herencia de la ILD de trabajo no sectario de defensa clasista, defendiendo, independientemente de sus puntos de vista políticos, a combativos luchadores por la clase obrera y los oprimidos. Mientras utilizamos todos los derechos democráticos accesibles en el sistema legal burgués, buscamos movilizar la protesta de las masas, centrada en la clase obrera, situando toda nuestra confianza en el poder de las masas y ninguna en la “justicia” de los tribunales burgueses. El mayor obstáculo para revivir las tradiciones de la solidaridad obrera son las prácticas infames de las organizaciones estalinistas y socialdemócratas: violencia dentro del movimiento obrero, la calumnia de oponentes y las maniobras de manipulación de “grupos frentistas”.

El principio organizativo de la Liga Comunista Internacional es el centralismo democrático, un equilibrio entre democracia interna y disciplina funcional. Como una organización de combate, la vanguardia revolucionaria debe ser capaz de la acción unificada y decisiva en todo momento de la lucha de clases. Todos los militantes deben ser movilizados para realizar las decisiones de la mayoría; la autoridad debe estar centralizada en una dirección electa, que interprete tácticamente el programa de la organización. La democracia interna permite la determinación colectiva de la línea del partido de acuerdo a las necesidades percibidas por las filas del partido que están más cerca de la clase en su conjunto. El derecho a la democracia fraccional es vital para un movimiento vivo; la misma existencia de este derecho ayuda a canalizar las diferencias por medios de resolución menos agotadores.

La disciplina de la Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista) fluye de su programa y propósito, la victoria de la revolución socialista y la liberación de toda la humanidad.

13. ¡Intervendremos para cambiar la historia!

“El marxismo no es un dogma, sino una guía para la acción.” La Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista) está en la primera línea de la lucha por un futuro socialista. La LCI es la única organización internacional que actualmente tiene una concepción general correcta de la situación mundial y de las tareas que enfrenta el proletaria do del mundo. La disparidad entre nuestros pequeños números y el poder de nuestro programa es inmensa. Actualmente las secciones de la LCI son, o buscan ser, grupos combativos de propaganda. Nuestra tarea inmediata es la educación y la formación de cuadros, reclutando a las capas más avanzadas de los obreros y la juventud al ganarlas a nuestro programa completo a través de la explicación de nuestras perspectivas en aguda contraposición de las de nuestros oponentes centristas. Los reagrupamientos revolucionarios con base en el programa del internacionalismo leninista son el medio para resolver la desproporción entre nuestras pequeñas fuerzas y nuestra tarea.

Como los bolcheviques de Lenin, nuestro propósito es fusionar elementos intelectuales y proletarios, sobre todo a través del desarrollo y la lucha de las fracciones industriales comunistas. Por medio de la literatura propagandística uno puede educar a los primeros cuadros, pero no se puede movilizar a la vanguardia proletaria que no vive en un círculo ni en un aula, sino en la sociedad de clases, en una fábrica, en organizaciones de masas, una vanguardia a la que hay que saber hablarle en el lenguaje de sus experiencias. Hasta los cuadros propagandistas mejor preparados se desintegrarán irremediablemente si no encuentran contacto con la lucha cotidiana de las masas.

El trabajo comunista en los sindicatos debe estar orientado a ganar a las bases, no a hacer bloques y maniobras no principistas en la cúpula. La lucha por la independencia total e incondicional de los sindicatos hacia el estado burgués es absolutamente esencial. El uso de tribunales burgueses contra los oponentes políticos en los sindicatos o en el movimiento obrero es la ruptura del principio de independencia proletaria y un ataque a la fuerza del movimiento obrero. Invitar al enemigo de clase a intervenir en los asuntos internos de los sindicatos promueve ilusiones en la democracia burguesa al presentar al estado como “neutral” entre las clases. Los policías no son “obreros en uniforme”, sino los hombres armados al servicio del estado capitalista; no tienen lugar en las organizaciones obreras. La LCI lucha por: “policía, fuera de los sindicatos”. Nuestra lucha por el principio de independencia proletaria del estado es subrayada por la tendencia —señalada por Trotsky en su ensayo inconcluso de 1940, “Los sindicatos en la era de la decadencia imperialista”— de los sindicatos reformistas a aumentar cada vez más su interpenetración con el estado.

Los comunistas buscan construir la más fuerte unidad posible de la clase obrera contra los explotadores capitalistas, por eso, nos oponemos a las divisiones gremiales en el proletariado, estamos por el sindicato de industria y contra la escisión de la clase obrera en sindicatos competidores basados en diferentes tendencias políticas o agrupaciones étnicas. En contraposición, la tarea de la vanguardia comunista es aclarar y agudizar las diferencias entre las tendencias políticas competidoras para reunir los cuadros para un partido leninista. En tiempos de Lenin, estas diferentes tareas políticas se reflejaron en diferentes formas organizativas: la Comintern compuesta de las organizaciones partidistas que representaban el singular programa político bolchevique y la Profintern, que representaba la lucha por la unidad de la clase obrera en los sindicatos.

Creemos que el reforjamiento de una IV Internacional comunista, construida de auténticos partidos comunistas en todos los continentes habitados y probada en la profunda intervención en la lucha de clases, será arduo y frecuentemente peligroso. El camino hacia adelante de toda la humanidad consiste en que las fuerzas, actualmente pequeñas, adheridas al programa revolucionario de Lenin y Trotsky forjen partidos con la experiencia, voluntad y autoridad entre las masas para dirigir revoluciones proletarias exitosas. Y sin embargo, mientras buscamos llevar este programa a los obreros y oprimidos del mundo, debemos reconocer que la posesión de la tecnología para un holocausto nuclear por una clase dominante imperialista irracional reduce las posibilidades: no tenemos mucho tiempo.

Nos guiamos por los preceptos y las prácticas de camaradas como Lenin y Trotsky:

“Mirar la realidad de frente, no ceder a la línea de menor resistencia; llamar al pan pan y al vino vino; decir la verdad a las masas, por amarga que sea; no tener miedo de los obstáculos; ser exacto tanto en las cosas pequeñas como en las grandes; basar el programa propio en la lógica de la lucha de clases; ser audaz cuando llega la hora de la acción: tales son las reglas de la IV Internacional.”

— “La agonía del capitalismo y las tareas de la IV Internacional”, 1938

¡Estas son las reglas de la Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista) en nuestro avance en la tarea histórica de conducir a la clase obrera a la victoria del socialismo mundial!

— Documento adoptado por la III Conferencia Internacional de la Liga Comunista Internacional; versión final, febrero de 1998

 

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